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miércoles, 14 de septiembre de 2011

Esto lo escribí un 16 de julio de 2010

Un vez más copio una de las cosas que escribía cuando era más peque, en este caso es un cuentito :)


Fue bastante curioso como ocurrió todo, para ser sincera siempre pensé que mi reacción ante el tema sería diferente, pero no fue así.
Era un viernes por la mañana; como cada día me encontraba en mi puesto de trabajo como I.A. (Informática Administrativa), y me disponía a redactar los informes que mi jefe me había mandado hacer sobre el estado actual de la empresa, que la verdad no era demasiado bueno, la empresa había estado varios años a punto de quebrar, pero como ya sabéis, varios despidos siempre lo solucionan todo. Si en esos despidos no me veía incluida yo, era gracias a mi jefe y su coqueteo constante, si en algún momento le hubiese parado los pies tengo asegurado que estaría pidiendo limosna en la acera, y aunque por el momento no había motivos graves de demanda, yo sabía que no faltaba mucho. Y así es, me veía obligada a seguirle el juego por el puesto de trabajo que yo misma me había ganado estudiando durante 6 largos años, pero todo teniendo en cuenta que mi marido no supiese nada, aunque no era lo que más me importaba; uno cree que por estar más de 10 años casada con el mismo hombre es debido a que el amor no se ha perdido, pero no es del todo así. Yo quiero mucho a Alfredo, pero no solo estoy con él por eso, es más debido a mi caía en la rutina y a la costumbre de estar con él, a dormir y comer con él, a ver lo mismo en la tele cada día, a salir con él cada domingo y a regalarnos lo mismo cada navidad, enfin, la rutina, cuando una mujer ha cumplido más de 30 años y no ha tenido ningún hijo, su rutina es lo único que le queda. Pero aquel día todo cambió.

Me dirigía a mi casa con una bolsa que portaba dos huevos y una botella de licor (Alfredo bebía mucho), cuando vi en frente de mi casa una ambulancia y un grupo de vecinos. Me aproximé para ver de que se trataba aquel barullo y fue entonces cuando entré en una nueva etapa de mi vida. Sentí como el tiempo se paraba por un momento, no respondía a nada y me faltaba el aire, no me lo podía creer, era Alfredo el que estaba en esa camilla.

Uno de los médicos que estaba en mi jardín me explicó que había sufrido un ataque al corazón debido al sobrepeso y las grandes cantidades de alcohol que tomaba, y que ya no había nada que hacer. Veía como todo el vecindario estaba llorando en la entrada de mi casa, dándome palabras de apoyo, regalándome flores y diciendo una y otra vez que lo sentían mucho, pero yo me hacía una pregunta, ¿era yo la que estaba peor que ellos? las lágrimas no parecían llegar nunca a mis ojos y no estaba fría para nada, claro que no me lo esperaba pero por alguna razón no me veía desbordándome como ellos.

Algo así como una media hora después cada uno se fue hacia su casa y yo me quedé sola. Sola en aquel chalet de dos pisos que tanto me había costado pagar durante tantos años, (Alfredo estaba en el paro desde hace 5 años). Era de noche y hacía viento, y era la hora de ver el programa que veía cada día con Alfredo, pero no fue así; por una vez me vi capaz de hacer algo que ni siquiera pensaba hacer desde hacía años, cambiar de canal. Puse en la tele un programa sobre cocina, uno de esos con los que se metía Alfredo diciendo que eran una estupidez, aunque a mi me fascinaba la cocina.
Disfruté al máximo de aquel programa, cuando realmente debería haber estado llorando en la cama por mi marido difunto. Por algún extraño motivo lo único que podía ver después de la muerte de Alfredo era una vida relajante, una vida sola, pero una vida como la que yo quería.
La hora de irse a dormir, más de 10 años durmiendo con él y hoy, hoy sería el día en el que dormiría sola. Me eché en la cama y solo pude pensar en que aquella enorme cama doble con más de 4 almohadones era toda para mí, toda la manta era solo para mí, podía dormir una noche expandida en la cama sin pelearme por la manta o por si hacer el amor o no, aquella noche era para mi sola.

A la mañana siguiente me resultó bastante extraño despertarme sola, sin Alfredo abrazado a mí con sus brazos peludos y su olor a sudor. Estaba sola en aquella inmensa cama y pude dormir hasta la hora que se me antojó, sin tener que prepararle el mismo desayuno de cada día a nadie. A eso de la una de la tarde decidí levantarme porfin de la cama, que ahora me doy cuenta de que no había sabido aprovecharla y sentir tanta comodidad como hasta aquella noche; y me comí un desayuno de lo más inesperado para mí, un delicioso Colacao con un bollo de crema, y no el típico té con limón y media tostada de cada mañana, (es que Alfredo come muchas tostadas y nunca me queda ninguna para mí, por eso solo puedo comerme media), y me pareció increíble el hecho de que no echaba nada de menos estar casada.
Cuando en aquel momento sonó el timbre.
Eran unos vecinos que ayer habían estado de viaje y que por lo tanto se enteraron hoy de la desgracia, y los muy estúpidos me trajeron un ataúd como señal de que tenía todo su apoyo. Pero no podía usar aquel ataúd, porque Alfredo siempre me dijo que cuando él muriera, quería que lo disecara y que lo tuviera pegado en la pared para toda la vida, pero pensándolo mejor, lo iba a enterrar, porque la idea de verlo ahí con su cara de borracho no me hacía mucha ilusión, además, ¿a él que le importaba? ya estaba muerto.

A eso de las 4 de la tarde me fui hacia la empresa, dejando los platos del almuerzo y la taza del desayuno sin lavar, la cama desecha y aquella mañana ni siquiera me había puesto sujetador. Al llegar a la empresa pude ver como mi jefe no me quitaba la mirada de lo pechos que tanto se marcaban en la camiseta y me pedía que fuese a su despacho un momento. Como me pude esperar, empezó a rozarme las piernas como muchas otras veces había hecho, pero esta vez fue más lejos y la mano subió demasiado. Yo soy una mujer muy independiente que sabe cuidar perfectamente de ella sola sin que nadie este defendiéndola y sé lo que hay que hacer en cada caso, por eso mismo le metí la mano en la entrepierna y practiqué sexo con mi jefe en su despacho como si fuera lo más normal del mundo, y quedé bastante satisfecha de por fin poder tener placer con alguien que no apestara en la cama, y además conseguí un ascenso de quinientos euros en mi sueldo, y si estaba perdiendo mi dignidad me era completamente igual.

A eso de las once yendo hacia mi casa, pasé por un viejo vertedero y al cruzar la acera me senté en un banco a descansar, total ya no tenía que llegar a tiempo para hacerle la cena a Alfredo.
Y curiosamente se acercó a mí un joven sabueso, que a pesar de estar lleno de heridas y verdaderamente sucio, parecía tener la misma energía que cualquier perro sano y limpio, así que sin pensármelo dos veces me lo llevé conmigo. En casa le dí carne de la buena, ya que Alfredo no se la iba a comer y a mi no me gustaban los chuletones tan grandes, y un cuenco con agua de la más cara, ya que Alfredo era el único que bebía agua y yo soy más de zumo.

Ese día me pude acostar bien tarde, hasta eso de las tres de la mañana, y durante el tiempo que estuve en casa pude hacer las cosas que jamás había podido teniendo a Alfredo conmigo. Primero preparé un pastel solo para comérmelo yo, y después estuve como dos horas y media viendo películas porno en la televisión, mientras me comía el pastel por supuesto.

A la mañana siguiente me volví a despertar sola en aquella inmensa cama, la verdad es que la vista al despertarse y las sábanas seguían recordándome un poco a Alfredo, aunque no sentía ni un poco de lástima por él. Así que decidí dedicar ese domingo a remoderar mi casa, estuve prácticamente toda la mañana cambiando los muebles de sitio, eligiendo sábanas nuevas, cambiando las cortinas y tirando los trapos que veía
sucios, pintando algunas paredes y, quemando las sábanas viejas hice una fogata en mi jardín y utilicé el fuego para cocinar otro buen chuletón para Óscar, el perro.
Durante el resto del día dudé sobre qué hacer, era domingo y siempre pasaba los domingos con Alfredo, menos ese. Así que con mis nuevos quinientos euros me fui a un salón de masaje y de relax, con saunas y aguas termales; y cuando a eso de las 9 volví a mi casa, me entraron ganas de volver a salir, así que me fui a cenar sola a un restaurante muy lujoso que había por allí, llamado Tiffany’s. Y ver para creer que aquel día me encontré en el mismo restaurante con mi jefe, y como es de esperar, me llamo y fuimos al baño, a practicar sexo de nuevo, y bueno como recompensa me invitó a la cena. Cada vez me gustaba más su forma de hacer las cosas.

Al volver a casa muy satisfecha en todos los sentidos, dormí como una niña pequeña.

Lunes por la mañana, de nuevo al trabajo, de nuevo al despacho de mi jefe, pero esta vez fue un poco más romántico y puso velas. Al volver a mi casa di de comer a Óscar, y me dispuse a hacer lo que ya hacía tiempo que tenía que haber hecho, y que no hice no por pena, sinó por pereza, tirar toda la ropa y cosas de Alfredo, aunque después lo pensé dos veces y preferí venderla, y con las ventas me saqué doscientos euros más, con los que pude comprarme un lujoso abrigo de Channel. Antes de irme a dormir aquella noche, estuve viendo en la tele programas de adivinas que jugaban con sus cartas timando a la gente, y me pregunté si ellas sabrían por que estoy tan bien sin Alfredo, pero no me apetecía que nadie me timara y después ver una factura de cincuenta euros en el teléfono, así que llamé al reverendo del pueblo y le pregunté:
- Reverendo, ¿el hecho de no echar de menos a mi marido, significa que nunca lo quise?
A lo que él contestó:
- No señora, lo que a usted le pasa es que ya no sentía ninguna pasión hacia él, pero tranquila, usted solo piense que uno cuando se muere, va a un lugar perfecto, un lugar en él que siempre había deseado estar y que nadie le puede quitar.
- Gracias reverendo.

Martes por la mañana y todo sigue igual que el lunes, la casa decorada a mi manera, los platos sin lavar, y Óscar durmiendo a mis pies. Abrí las cortinas y el sol me iluminó la cara, vi el cielo tan azul como nunca antes lo había visto, y sentí como el perro me hacía cosquillas con la lengua en los dedos de los pies. Jamás había tenido más motivos para sonreír.

Me dispuse a desayunar cuando vi que no quedaba pan, así que me fui a hacer la compra. Recuerdo que en el supermercado no me acerqué ni un segundo al lado de las verduras, solo a la charcutería para comprar un chuletón para Óscar, a la panadería a buscar la barra de pan y al apartado de golosinas y chocolate. Mi carro parecía el propio de un niño de cinco años, solo llevaba comida basura. Llegué a mi casa y después de comer bastante me posé sobre la balanza, había engordado tres quilos, y me era completamente igual. Últimamente no entendía porqué, todo me era completamente igual. Aquella noche me quedé despierta hasta bien tarde pensando en lo que me había dicho el reverendo de cuando uno muere, y a la vez comiendo chuches, hasta que sin querer cuando fui hacia la nevera a por un poco de zumo de naranja, (ya que tantas chuches ácidas me habían dado sed) vi la botella de licor que compré el día en el que murió Alfredo, y me la llevé para la cama en lugar de el zumo.
No entiendo muy bien lo que ocurrió aquella noche, solo sé que me desperté enterrada en el jardín, con tres hombres a mi alrededor, uno de ellos era mi jefe, por supuesto.

Me vestí y me fui a desayunar cuando pensé en que ya era hora de ir a la peluquería, porque tenía las puntas del pelo hechas polvo y me hice el peinado más caro que había en el local, salí con un cabello perfecto y se pararon como tres coches por la calle para silbarme o tirarme algún piropo. Cuando llegué a casa, me comí una pizza e invité a cenar a unas amigas, lo pasamos en grande cotilleando sobre vecinos o personas que ni siquiera conocíamos y que ya juzgábamos, tomando vino y más tarde llamamos a un stripper para que nos alegrara un poco la noche, yo, naturalmente, llamé a mi jefe y nos metimos en mi habitación. Menuda noche que tuve, se podría decir que no tuve una mejor en años.

Jueves por la mañana, me despierto y esta lloviendo. Una de esas lluvias grises en las que es imposible siquiera ver a más de dos metros por la cantidad de agua que cae, una de esas en las que apetece quedarse en casa tapado con la manta hasta las orejas tomándose un té calentito, pues ese día agarré mi chubasquero y me fui a pasear por la playa, a la que por cierto hacía meses que no iba.

Era bonito, veías a los caracoles por todas partes y el mar traía grandes oleajes. Mi pelo cortado el día anterior estaba mojado y chorreando por mi cara, mi ropa estaba húmeda y mi piel más suave que antes. Sentía deseos de sonreír y gritar a la vez, se me podía ver realmente feliz, estaba paseando sola por la playa con aquella lluvia tan torrencial y era completamente feliz, sin hijos, sola, viuda, pero la mujer más feliz que nadie puede imaginarse, ¿sabéis?, casi puedo recordar como cruzando la calle aquel pasado viernes, yendo hacia mi casa con una botella de licor y dos huevos para Alfredo, aquel camión de más de veinte toneladas, me pasó por encima.

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